UNA IGLESIA VIVA CON PASADO, CON PRESENTE Y CON FUTURO. Actualmente son ocho los grupos que constituyen la Parroquia de Santiponce: Cáritas, Pastotal de la Salud, Pastoral Familiar, Catequesis, Jóvenes, Grupo Parroquial Romeros de San Isidoro del Campo, Hermandad del Rosario , Hermandad del Rocío, Asociación del Sagrado Corazón y Asociación de la Santa Cruz.
¡¡¡¡Gracias Santidad!!!!
¡¡¡Gracias Santidad!!
domingo, 28 de noviembre de 2010
¡FELICIDADES A LOS NUEVOS CURSILLISTAS!
Misa y Almuerzo de Acción de Gracias. Domingo 12 de Diciembre.
Cursillos de Cristiandad en San Juan.
Hermosa y participativa Vigilia por la vida naciente .
viernes, 26 de noviembre de 2010
Jornada Mundial de la Juventud. Dias en la Diócesis.
Ponte en contacto con la Parroquia y recoge el formulario donde podas pedir cuantos jóvenes puedes acoger en tu casa. ¿Tienes un sitio para amar? Nuestro Arzobispo nos pide que abramos nuestras casa para acoger a algunos de los jóvenes que pasaran en Sevilla, los tres días previos al encuentro en Madrid de la Jorndad Mundial de la Juventud donde se estima una llega de dos millones de jóvenes.
jueves, 18 de noviembre de 2010
El sábado 27 a las 6 de la tarde en nuestra Parroquia: Vigilia de Oración por la Vida Naciente.
El Papa Benedicto XVI ha invitado a toda la Iglesia a unirse para rezar por la vida el sábado 27 de noviembre.
En una lucha en la que muchos ojos se cierran a la razón, es cada vez más urgente la llamada a la oración que lanzó Juan Pablo II hace 15 años
Quedan aún unas semanas para que la avalancha de propósitos para el nuevo año, pero el Papa ya ha marcado una de sus prioridades. Ya en junio pasado, Benedicto XVI anunció que comenzaría el Adviento -y, por ello, el nuevo año litúrgico- presidiendo en la basílica de San Pedro, el sábado 27 de noviembre -víspera del I Domingo de Adviento-, una Vigilia por la vida naciente. Un acto al que ha invitado a unirse a toda la Iglesia universal, ya sea a nivel diocesano o local.
«Con la Vigilia, queremos dar gracias a Dios por la vida humana, también por aquella que algunos llaman disminuida, pero que es de un grandísimo valor -ha explicado a Alfa y Omega monseñor Juan Antonio Reig Pla, obispo de Alcalá de Henares y Presidente de la Subcomisión episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida de la Conferencia Episcopal Española-. La oración es el arma más importante y poderosa que nos ha dado Dios, y necesitamos utilizarla para luchar por la vida, ante la cultura de la muerte que se está generando en nuestras sociedades». Monseñor Reig Pla recuerda que el Papa Juan Pablo II ya concluyó su encíclica Evangelium vitae subrayando la urgencia de «una gran oración por la vida, que abarque el mundo entero».
Precisamente cuando se han cumplido 15 años de esta encíclica, la Vigilia convocada por el Papa ha dado un salto cualitativo. Hasta ahora, la respuesta a esta petición ha llegado sobre todo de iniciativas particulares, como los 40 días por la vida, que nacieron hace unos años en Estados Unidos, o los Congresos mundiales de oración por la vida, el último de los cuales se celebró en Roma a finales de octubre.
«Estos eventos han creado una mayor conciencia de la necesidad de pedir protección para la vida humana. El Santo Padre conoce muy bien esta necesidad», afirma don Nuno Prazeres, Director del Secretariado Internacional del Apostolado Mundial de Fátima, una de las entidades que lo organizó. Don Dietmar Fischer, Coordinador general del encuentro, llama la atención sobre la casualidad de que, en él, participaran los tres cardenales encargados de la organización y promoción de la Vigilia -Angelo Comastri, Arcipreste de la basílica de San Pedro; Ennio Antonelli, Presidente del Consejo Pontificio para la Familia, y Antonio Cañizares, Presidente de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos-.
Algunas diócesis españolas ya se han sumado
Nunca está de más recordar el porqué de la oración, sobre todo en temas como éste, donde dos tentaciones, activismo y desaliento, van de la mano. Don José María Simón, Presidente de la Federación Internacional de Asociaciones de Médicos Católicos, reconoce que «llevamos, desde que era estudiante de Medicina, luchando por la vida», con muy pocos resultados. La cultura de la muerte «es algo tan horroroso que no se explica sin la intervención de alguien más allá de los meros seres humanos. Es cierto que se puede convencer sólo con argumentos, pero la gente», muchas veces, «no lo puede captar».
Monseñor Mario Iceta, obispo de Bilbao y experto en bioética, atribuye este fenómeno a «una ceguera» que no percibe «el don de la vida de los demás», y «suele ir asociada a no vivir en un amor verdadero». Frente a esta ceguera, «la oración es un magnífico colirio». Su diócesis, junto con Sevilla, Granada y Lugo, son algunas de las diócesis españolas que se han sumado ya a la iniciativa, aunque en Bilbao la Vigilia diocesana tendrá lugar el domingo 28. La Conferencia Episcopal Española está haciendo llegar a todas las diócesis materiales litúrgicos para que, a nivel diocesano o parroquial, se sumen a esta iniciativa universal. Monseñor Iceta invita especialmente a la oración ante la Eucaristía, «porque ésta es el Pan de la vida»
domingo, 7 de noviembre de 2010
CONSAGRACION DE LA SAGRADA FAMILIA
Hoy es un día consagrado a nuestro Dios; no hagáis duelo ni lloréis… El gozo en el Señor es vuestra fortaleza» (Neh 8,9-11). Con estas palabras de la primera lectura que hemos proclamado quiero saludaros a todos los que estáis aquí presentes participando en esta celebración. Dirijo un afectuoso saludo a Sus Majestades los Reyes de España, que han querido cordialmente acompañarnos. Vaya mi saludo agradecido al Señor Cardenal Lluís Martínez Sistach, Arzobispo de Barcelona, por sus palabras de bienvenida y su invitación para la dedicación de esta Iglesia de la Sagrada Familia, admirable suma de técnica, de arte y de fe. Saludo igualmente al Cardenal Ricardo María Carles Gordó, Arzobispo emérito de Barcelona, a los demás Señores Cardenales y Hermanos en el Episcopado, en especial, al Obispo auxiliar de esta Iglesia particular, así como a los numerosos sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos y fieles que participan en esta solemne ceremonia. Asimismo, dirijo mi deferente saludo a las Autoridades Nacionales, Autonómicas y Locales, así como a los miembros de otras comunidades cristianas, que se unen a nuestra alegría y alabanza agradecida a Dios.]
Este día es un punto significativo en una larga historia de ilusión, de trabajo y de generosidad, que dura más de un siglo. En estos momentos, quisiera recordar a todos y a cada uno de los que han hecho posible el gozo que a todos nos embarga hoy, desde los promotores hasta los ejecutores de la obra; desde los arquitectos y albañiles de la misma, a todos aquellos que han ofrecido, de una u otra forma, su inestimable aportación para hacer posible la progresión de este edificio. Y recordamos, sobre todo, al que fue alma y artífice de este proyecto: a Antoni Gaudí, arquitecto genial y cristiano consecuente, con la antorcha de su fe ardiendo hasta el término de su vida, vivida en dignidad y austeridad absoluta. Este acto es también, de algún modo, el punto cumbre y la desembocadura de una historia de esta tierra catalana que, sobre todo desde finales del siglo XIX, dio una pléyade de santos y de fundadores, de mártires y de poetas cristianos. Historia de santidad, de creación artística y poética, nacidas de la fe, que hoy recogemos y presentamos como ofrenda a Dios en esta Eucaristía.
La alegría que siento de poder presidir esta ceremonia se ha visto incrementada cuando he sabido que este templo, desde sus orígenes, ha estado muy vinculado a la figura de san José. Me ha conmovido especialmente la seguridad con la que Gaudí, ante las innumerables dificultades que tuvo que afrontar, exclamaba lleno de confianza en la divina Providencia: «San José acabará el templo». Por eso ahora, no deja de ser significativo que sea dedicado por un Papa cuyo nombre de pila es José.
¿Qué hacemos al dedicar este templo? En el corazón del mundo, ante la mirada de Dios y de los hombres, en un humilde y gozoso acto de fe, levantamos una inmensa mole de materia, fruto de la naturaleza y de un inconmensurable esfuerzo de la inteligencia humana, constructora de esta obra de arte. Ella es un signo visible del Dios invisible, a cuya gloria se alzan estas torres, saetas que apuntan al absoluto de la luz y de Aquel que es la Luz, la Altura y la Belleza misma.
En este recinto, Gaudí quiso unir la inspiración que le llegaba de los tres grandes libros en los que se alimentaba como hombre, como creyente y como arquitecto: el libro de la naturaleza, el libro de la Sagrada Escritura y el libro de la Liturgia. Así unió la realidad del mundo y la historia de la salvación, tal como nos es narrada en la Biblia y actualizada en la Liturgia. Introdujo piedras, árboles y vida humana dentro del templo, para que toda la creación convergiera en la alabanza divina, pero al mismo tiempo sacó los retablos afuera, para poner ante los hombres el misterio de Dios revelado en el nacimiento, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. De este modo, colaboró genialmente a la edificación de la conciencia humana anclada en el mundo, abierta a Dios, iluminada y santificada por Cristo. E hizo algo que es una de las tareas más importantes hoy: superar la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana, entre existencia en este mundo temporal y apertura a una vida eterna, entre belleza de las cosas y Dios como Belleza. Esto lo realizó Antoni Gaudí no con palabras sino con piedras, trazos, planos y cumbres. Y es que la belleza es la gran necesidad del hombre; es la raíz de la que brota el tronco de nuestra paz y los frutos de nuestra esperanza. La belleza es también reveladora de Dios porque, como Él, la obra bella es pura gratuidad, invita a la libertad y arranca del egoísmo.
Hemos dedicado este espacio sagrado a Dios, que se nos ha revelado y entregado en Cristo paraser definitivamente Dios con los hombres. La Palabra revelada, la humanidad de Cristo y su Iglesia son las tres expresiones máximas de su manifestación y entrega a los hombres. «Mire cada cual cómo construye. Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, que es Jesucristo» (1 Co 3,10-11), dice San Pablo en la segunda lectura. El Señor Jesús es la piedra que soporta el peso del mundo, que mantiene la cohesión de la Iglesia y que recoge en unidad final todas las conquistas de la humanidad. En Él tenemos la Palabra y la presencia de Dios, y de Él recibe la Iglesia su vida, su doctrina y su misión. La Iglesia no tiene consistencia por sí misma; está llamada a ser signo e instrumento de Cristo, en pura docilidad a su autoridad y en total servicio a su mandato. El único Cristo funda la única Iglesia; Él es la roca sobre la que se cimienta nuestra fe. Apoyados en esa fe, busquemos juntos mostrar al mundo el rostro de Dios, que es amor y el único que puede responder al anhelo de plenitud del hombre. Ésa es la gran tarea, mostrar a todos que Dios es Dios de paz y no de violencia, de libertad y no de coacción, de concordia y no de discordia. En este sentido, pienso que la dedicación de este templo de la Sagrada Familia, en una época en la que el hombre pretende edificar su vida de espaldas a Dios, como si ya no tuviera nada que decirle, resulta un hecho de gran significado. Gaudí, con su obra, nos muestra que Dios es la verdadera medida del hombre. Que el secreto de la auténtica originalidad está, como decía él, en volver al origen que es Dios. Él mismo, abriendo así su espíritu a Dios ha sido capaz de crear en esta ciudad un espacio de belleza, de fe y de esperanza, que lleva al hombre al encuentro con quien es la Verdad y la Bellezamisma. Así expresaba el arquitecto sus sentimientos: «Un templo [es] la única cosa digna de representar el sentir de un pueblo, ya que la religión es la cosa más elevada en el hombre».
Esa afirmación de Dios lleva consigo la suprema afirmación y tutela de la dignidad de cada hombre y de todos los hombres: «¿No sabéis que sois templo de Dios?… El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros» (1 Co 3,16-17). He aquí unidas la verdad y dignidad de Dios con la verdad y la dignidad del hombre. Al consagrar el altar de este templo, considerando a Cristo como su fundamento, estamos presentando ante el mundo a Dios que es amigo de los hombres e invitando a los hombres a ser amigos de Dios. Como enseña el caso de Zaqueo, del que se habla en el Evangelio de hoy (cf. Lc 19,1-10), si el hombre deja entrar a Dios en su vida y en su mundo, si deja que Cristo viva en su corazón, no se arrepentirá, sino que experimentará la alegría de compartir su misma vida siendo objeto de su amor infinito.
La iniciativa de este templo se debe a la Asociación de amigos de San José, quienes quisieron dedicarlo a la Sagrada Familia de Nazaret. Desde siempre, el hogar formado por Jesús, María y José ha sido considerado como escuela de amor, oración y trabajo. Los patrocinadores de este templo querían mostrar al mundo el amor, el trabajo y el servicio vividos ante Dios, tal como los vivió la Sagrada Familia de Nazaret. Las condiciones de la vida han cambiado mucho y con ellas se ha avanzado enormementeen ámbitos técnicos, sociales y culturales. No podemos contentarnos con estos progresos. Junto a ellos deben estar siempre los progresos morales, como la atención, protección y ayuda a la familia, ya que el amor generoso e indisoluble de un hombre y una mujer es el marco eficaz y el fundamento de la vida humana en su gestación, en su alumbramiento, en su crecimiento y en su término natural. Sólo donde existen el amor y la fidelidad, nace y perdura la verdadera libertad. Por eso, la Iglesia aboga por adecuadas medidas económicas y sociales para que la mujer encuentre en el hogar y en el trabajo su plena realización; para que el hombre y la mujer que contraen matrimonio y forman una familia sean decididamente apoyados por el Estado; para que se defienda la vida de los hijos como sagrada e inviolable desde el momento de su concepción; para que la natalidad sea dignificada, valorada y apoyada jurídica, social y legislativamente. Por eso, la Iglesia se opone a todas las formas de negación de la vida humana y apoya cuanto promueva el orden natural en el ámbito de la institución familiar.
Al contemplar admirado este recinto santo de asombrosa belleza, con tanta historia de fe, pido a Dios que en esta tierra catalana se multipliquen y consoliden nuevos testimonios de santidad, que presten al mundo el gran servicio que la Iglesia puede y debe prestar a la humanidad: ser icono de la belleza divina, llama ardiente de caridad, cauce para que el mundo crea en Aquel que Dios ha enviado (cf. Jn 6,29).
Queridos hermanos, al dedicar este espléndido templo, suplico igualmente al Señor de nuestras vidas que de este altar, que ahora va a ser ungido con óleo santo y sobre el que se consumará el sacrificio de amor de Cristo, brote un río constante de gracia y caridad sobre esta ciudad de Barcelona y sus gentes, y sobre el mundo entero. Que estas aguas fecundas llenen de fe y vitalidad apostólica a esta Iglesia archidiocesana, a sus pastores y fieles.
Homilia del Papa en Santiago.
Doy gracias a Dios por el don de poder estar aquí, en esta espléndida plaza repleta de arte, cultura y significado espiritual. En este Año Santo, llego como peregrino entre los peregrinos, acompañando a tantos como vienen hasta aquí sedientos de la fe en Cristo resucitado. Fe anunciada y transmitida fielmente por los Apóstoles, como Santiago el Mayor, a quien se venera en Compostela desde tiempo inmemorial.]
Agradezco las gentiles palabras de bienvenida de Monseñor Julián Barrio Barrio, Arzobispo de esta Iglesia particular, y la amable presencia de Sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias, de los Señores Cardenales, así como de los numerosos Hermanos en el Episcopado y el Sacerdocio. Vaya también mi saludo cordial a los Parlamentarios Europeos, miembros del intergrupo “Camino de Santiago”, así como a las distinguidas Autoridades Nacionales, Autonómicas y Locales que han querido estar presentes en esta celebración. Todo ello es signo de deferencia para con el Sucesor de Pedro y también del sentimiento entrañable que Santiago de Compostela despierta en Galicia y en los demás pueblos de España, que reconoce al Apóstol como su Patrón y protector. Un caluroso saludo igualmente a las personas consagradas, seminaristas y fieles que participan en esta Eucaristía y, con una emoción particular, a los peregrinos, forjadores del genuino espíritu jacobeo, sin el cual poco o nada se entendería de lo que aquí tiene lugar.
Una frase de la primera lectura afirma con admirable sencillez: «Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor» (Hch 4,33). En efecto, en el punto de partida de todo lo que el cristianismo ha sido y sigue siendo no se halla una gesta o un proyecto humano, sino Dios, que declara a Jesús justo y santo frente a la sentencia del tribunal humano que lo condenó por blasfemo y subversivo; Dios, que ha arrancado a Jesucristo de la muerte; Dios, que hará justicia a todos los injustamente humillados de la historia.
«Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen» (Hch 5,32), dicen los apóstoles. Así pues, ellos dieron testimonio de la vida, muerte y resurrección de Cristo Jesús, a quien conocieron mientras predicaba y hacía milagros. A nosotros, queridos hermanos, nos toca hoy seguir el ejemplo de los apóstoles, conociendo al Señor cada día más y dando un testimonio claro y valiente de su Evangelio. No hay mayor tesoro que podamos ofrecer a nuestros contemporáneos. Así imitaremos también a San Pablo que, en medio de tantas tribulaciones, naufragios y soledades, proclamaba exultante: «Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que esa fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros» (2 Co 4,7).
Junto a estas palabras del Apóstol de los gentiles, están las propias palabras del Evangelio que acabamos de escuchar, y que invitan a vivir desde la humildad de Cristo que, siguiendo en todo la voluntad del Padre, ha venido para servir, «para dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28). Para los discípulos que quieren seguir e imitar a Cristo, el servir a los hermanos ya no es una mera opción, sino parte esencial de su ser. Un servicio que no se mide por los criterios mundanos de lo inmediato, lo material y vistoso, sino porque hace presente el amor de Dios a todos los hombres y en todas sus dimensiones, y da testimonio de Él, incluso con los gestos más sencillos. Al proponer este nuevo modo de relacionarse en la comunidad, basado en la lógica del amor y del servicio, Jesús se dirige también a los «jefes de los pueblos», porque donde no hay entrega por los demás surgen formas de prepotencia y explotación que no dejan espacio para una auténtica promoción humana integral. Y quisiera que este mensaje llegara sobre todo a los jóvenes: precisamente a vosotros, este contenido esencial del Evangelio os indica la vía para que, renunciando a un modo de pensar egoísta, de cortos alcances, como tantas veces os proponen, y asumiendo el de Jesús, podáis realizaros plenamente y ser semilla de esperanza.
Esto es lo que nos recuerda también la celebración de este Año Santo Compostelano. Y esto es lo que en el secreto del corazón, sabiéndolo explícitamente o sintiéndolo sin saber expresarlo con palabras, viven tantos peregrinos que caminan a Santiago de Compostela para abrazar al Apóstol. El cansancio del andar, la variedad de paisajes, el encuentro con personas de otra nacionalidad, los abren a lo más profundo y común que nos une a los humanos: seres en búsqueda, seres necesitados de verdad y de belleza, de una experiencia de gracia, de caridad y de paz, de perdón y de redención. Y en lo más recóndito de todos esos hombres resuena la presencia de Dios y la acción del Espíritu Santo. Sí, a todo hombre que hace silencio en su interior y pone distancia a las apetencias, deseos y quehaceres inmediatos, al hombre que ora, Dios le alumbra para que le encuentre y para que reconozca a Cristo. Quien peregrina a Santiago, en el fondo, lo hace para encontrarse sobre todo con Dios que, reflejado en la majestad de Cristo, lo acoge y bendice al llegar al Pórtico de la Gloria.
Desde aquí, como mensajero del Evangelio que Pedro y Santiago rubricaron con su sangre, deseo volver la mirada a la Europa que peregrinó a Compostela. ¿Cuáles son sus grandes necesidades, temores y esperanzas? ¿Cuál es la aportación específica y fundamental de la Iglesia a esa Europa, que ha recorrido en el último medio siglo un camino hacia nuevas configuraciones y proyectos? Su aportación se centra en una realidad tan sencilla y decisiva como ésta: que Dios existe y que es Él quien nos ha dado la vida. Solo Él es absoluto, amor fiel e indeclinable, meta infinita que se trasluce detrás de todos los bienes, verdades y bellezas admirables de este mundo; admirables pero insuficientes para el corazón del hombre. Bien comprendió esto Santa Teresa de Jesús cuando escribió: “Sólo Dios basta”.
Es una tragedia que en Europa, sobre todo en el siglo XIX, se afirmase y divulgase la convicción de que Dios es el antagonista del hombre y el enemigo de su libertad. Con esto se quería ensombrecer la verdadera fe bíblica en Dios, que envió al mundo a su Hijo Jesucristo, a fin de que nadie perezca, sino que todos tengan vida eterna (cf. Jn 3,16).
El autor sagrado afirma tajante ante un paganismo para el cual Dios es envidioso o despectivo del hombre: ¿Cómohubiera creado Dios todas las cosas si no las hubiera amado, Él que en su plenitud infinita no necesita nada? (cf. Sab 11,24-26). ¿Cómo se hubiera revelado a los hombres si no quisiera velar por ellos? Dios es el origen de nuestro ser y cimiento y cúspide de nuestra libertad; no su oponente. ¿Cómo el hombre mortal se va a fundar a sí mismo y cómo el hombre pecador se va a reconciliar a sí mismo? ¿Cómo es posible que se haya hecho silencio público sobre la realidad primera y esencial de la vida humana? ¿Cómo lo más determinante de ella puede ser recluido en la mera intimidad o remitido a la penumbra?
Los hombres no podemos vivir a oscuras, sin ver la luz del sol. Y, entonces, ¿cómo es posible que se le niegue a Dios, sol de las inteligencias, fuerza de las voluntades e imán de nuestros corazones, el derecho de proponer esa luz que disipa toda tiniebla? Por eso, es necesario que Dios vuelva a resonar gozosamente bajo los cielos de Europa; que esa palabra santa no se pronuncie jamás en vano; que no se pervierta haciéndola servir a fines que le son impropios. Es menester que se profiera santamente. Es necesario que la percibamos así en la vida de cada día, en el silencio del trabajo, en el amor fraterno y en Las dificultades que los años traen consigo.
Europa ha de abrirse a Dios, salir a su encuentro sin miedo, trabajar con su gracia por aquella dignidad del hombre que habían descubierto las mejores tradiciones: además de la bíblica, fundamental en este orden, también las de época clásica, medieval y moderna, de las que nacieron las grandes creaciones filosóficas y literarias, culturales y sociales de Europa.
Ese Dios y ese hombre son los que se han manifestado concreta e históricamente en Cristo. A ese Cristo que podemos hallar en los caminos hasta llegar a Compostela, pues en ellos hay una cruz que acoge y orienta en las encrucijadas.
Esa cruz, supremo signo del amor llevado hasta el extremo, y por eso don y perdón al mismo tiempo, debe ser nuestra estrella orientadora en la noche del tiempo. Cruz y amor, cruz y luz han sido sinónimos en nuestra historia, porque Cristo se dejó clavar en ella para darnos el supremo testimonio de su amor, para invitarnos al perdón y la reconciliación, para enseñarnos a vencer el mal con el bien. No dejéis de aprender las lecciones de ese Cristo de las encrucijadas de los caminos y de la vida, en el que nos sale al encuentro Dios como amigo, padre y guía. ¡Oh Cruz bendita, brilla siempre en tierras de Europa!
Dejadme que proclame desde aquí la gloria del hombre, que advierta de las amenazas a su dignidad por el expolio de sus valores y riquezas originarios, por la marginación o la muerte infligidas a los más débiles y pobres. No se puede dar culto a Dios sin velar por el hombre su hijo y no se sirve al hombre sin preguntarse por quién es su Padre y responderle a la pregunta por él. La Europa de la ciencia y de las tecnologías, la Europa de la civilización y de la cultura, tiene que ser a la vez la Europa abierta a la trascendencia y a la fraternidad con otros continentes, al Dios vivo y verdadero desde el hombre vivo y verdadero. Esto es lo que la Iglesia desea aportar a Europa: velar por Dios y velar por el hombre, desde la comprensión que de ambos se nos ofrece en Jesucristo.
Queridos amigos, levantemos una mirada esperanzadora hacia todo lo que Dios nos ha prometido y nos ofrece. Que Él nos dé su fortaleza, que aliente a esta Archidiócesis compostelana, que vivifique la fe de sus hijos y los ayude a seguir fieles a su vocación de sembrar y dar vigor al Evangelio, también en otras tierras.
En gallego:
Que Santiago, o Amigo do Señor, acade abundantes bendicións para Galicia, para os demais pobos de España, de Europa e de tantos outros lugares alén mar onde o Apóstolo e sinal de identidade cristiá e promotor do anuncio de Cristo.
sábado, 6 de noviembre de 2010
El Papa llega a España.
martes, 2 de noviembre de 2010
La sabiduría de la vida y de la muerte.
lunes, 1 de noviembre de 2010
viernes, 29 de octubre de 2010
domingo, 24 de octubre de 2010
viernes, 22 de octubre de 2010
Se forma un nuevo grupo de catequitas.
jueves, 21 de octubre de 2010
Reclinatorios para los bancos. 20 años de espera.
domingo, 17 de octubre de 2010
viernes, 15 de octubre de 2010
¡ MUCHAS FELICIDADES SR. ARZOBISPO!
domingo, 10 de octubre de 2010
Tríduo a la Patrona.
jueves, 7 de octubre de 2010
Nos sentimos orgullosos de ser Iglesia Católica en España.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Habla nuestro Arzobispo: Un sí rotundo a la vida.
Queridos hermanos y hermanas:
En las últimas semanas no pocos cristianos de la Archidiócesis me habéis manifestado vuestra preocupación por la celebración en Sevilla de un congreso de ámbito mundial sobre el aborto, con la finalidad de compartir información, experiencias y nuevas técnicas para mejorar la calidad de las prácticas abortivas. Tendrá lugar entre los días 21 y 23 de octubre y, según parece, será financiado por instituciones públicas de la capital y la región. Algunos me habéis pedido que haga cuanto esté a mi alcance por impedirlo. Como podéis imaginar, no tengo en mis manos la posibilidad evitar su celebración, pero si tengo el deber de iluminar la conciencia de nuestros fieles sobre este acontecimiento que, a mi juicio, no va a ser un hito glorioso en la historia de nuestra ciudad.
El pasado 4 de julio entró en vigor en España la llamada Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo, que en realidad no es otra cosa que una liberalización total del aborto, considerado como un derecho de la mujer, mientras se conculcan los más elementales derechos del hijo que lleva en sus entrañas. Su carácter legal no le confiere el marchamo de moralidad, pues no todo lo que es legal es moral. El aborto es siempre una inmoralidad, un mal objetivo; no es progreso sino regresión. En realidad es un “crimen abominable”, como lo calificó el Concilio Vaticano II (GS 51), por ser la eliminación voluntaria y querida de un ser humano a petición de sus progenitores, con el concurso de los médicos, los primeros, junto con los padres, que deberían tutelar esa vida naciente.
¿Y qué podemos hacer los cristianos ante el drama del aborto y ante la segura celebración del citado congreso? Una primera posibilidad es que nos sensibilicemos ante este tema auténticamente mayor, y que tratemos de sensibilizar a nuestros conciudadanos, muchos de los cuales aceptan casi sin pestañear la realidad del aborto en nombre del progreso y de la libertad de la mujer. La aceptación social del aborto es una realidad fatal, como reconociera el filósofo Julián Marías hace unos años, calificándola como uno de los acontecimientos más graves que han acaecido en el siglo XX. Algo parecido afirmó poco antes de su muerte el gran escritor Miguel Delibes. En este sentido os invito a todos a difundir en vuestros ambientes, en vuestros hogares, en vuestros lugares de trabajo y en cualquier oportunidad, también en la catequesis y en la formación religiosa escolar, el Evangelio de la Vida, es decir, el valor sagrado de toda vida humana desde la fecundación hasta su ocaso natural, de modo que paulatinamente vayamos sustituyendo la mentalidad abortista y la “cultura de la muerte” por una cultura que acoja y promueva la vida.
En diciembre de 2007, la Asamblea General de la ONU adoptó una resolución por la que se invitaba a los Estados miembros a instituir una moratoria en la aplicación de la pena de muerte. Dios quiera que llegue también el día en que el aborto sea suprimido de nuestras leyes y todos reconozcamos con vergüenza el inmenso y trágico error cometido en los siglos XX y XXI por la humanidad.
¿Qué más podemos hacer? Una forma sencilla de implicarnos en la defensa de la vida humana es rezar. La oración privada y pública es el alma de toda pastoral. También lo es de la defensa de la vida, don de Dios, del que nadie arbitrariamente puede disponer. Así lo reconocía el Papa Juan Pablo II en 1995 en la encíclica Evangelium vitae al decirnos que "es urgente una gran oración por la vida, que abarque al mundo entero. Que desde cada comunidad cristiana, desde cada grupo o asociación, desde cada familia y desde el corazón de cada creyente, con iniciativas extraordinarias y con la oración habitual, se eleve una súplica apasionada a Dios, Creador y amante de la vida". Por ello, sugiero a los sacerdotes que en los días de la celebración del congreso tengan en cuenta esta intención en las preces de los fieles de la Santa Misa y en el rezo del Rosario en las parroquias, y que incluso programen algún acto especial de oración ante el Santísimo por esta causa. Lo pido también a las contemplativas, a las Hermandades en sus cultos y a los grupos y movimientos apostólicos. En todos los casos se puede concluir la oración con la bellísima plegaria a la Santísima Virgen que escribiera el Papa Juan Pablo II como colofón de la citada encíclica.
Termino mi carta semanal manifestando mi respaldo y aliento a las instituciones, confesionales o no, que promueven iniciativas a favor de la vida y que ayudan a las madres en circunstancias difíciles para que acojan generosamente el fruto de sus entrañas. Pocas formas de acción social y de apostolado son hoy tan hermosas y urgentes como ésta. Dios quiera que seamos muchos, también las instancias públicas, los que les secundemos y ayudemos.
Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.
+ Juan José Asenjo Pelegrina Arzobispo de Sevilla
domingo, 3 de octubre de 2010
El jueves festividad de la Virgen del Rosario.
jueves, 23 de septiembre de 2010
Recoger solicitudes para apuntarse a las catequesis de Primera Comunión.
Comienzo de las Misiones en Santiponce: Misa de inauguración.
martes, 21 de septiembre de 2010
sábado, 18 de septiembre de 2010
En terreno de Santiponce se beatifica a la sucesora de Santa Angela: La Parroquia de Santiponce presente!!
Nos sentimos orgullosos de los jóvenes de nuestra Parroquia, que desde las 5.30 de la mañana estaban ya en el estadio olímpico como voluntarios de la beatificación.
viernes, 17 de septiembre de 2010
Misa de Inauguración de las Misiones en Santiponce.
jueves, 16 de septiembre de 2010
El Aborto: El gran asesinato de la vida indefensa.
Es un vídeo duro pero necesario. Imprescindible en una sociedad totalmente dormida en su cómodo bienestar que ha perdido todo el sentido de la justicia y de la defensa al más débil. Ante el aborto no son aceptables las medias tintas, es un asesinato vil y violento, y los que se dedican "profesionalmente" a ello son sicarios sin escrúpulos que aprovechan su aplastante superioridad para matar a bebés inocentes.
Los próximos 21, 22 y 23 de octubre, Sevilla se convierte en la sede del congreso abortista internacional promovido por el negocio de la muerte. "Calidad y acompañamiento" frente al aborto es el lema del congreso.
El Ayuntamiento de Sevilla promociona el evento y la Junta de Andalucía por su parte lo ha declarado de utilidad científico-sanitaria. Ahí es poco.
sábado, 11 de septiembre de 2010
Denuncia a los cuatro vientos.
jueves, 2 de septiembre de 2010
Habla nuestro Arzobispo,ante el nuevo curso pastoral.
Queridos hermanos y hermanas:
Inicio mi carta pastoral de comienzo de curso saludando cordial y fraternalmente a los sacerdotes, consagrados, seminaristas y laicos de la Archidiócesis. A todos os deseo que hayáis podido descansar unos días para tomar fuerzas para el nuevo camino que se abre ante nuestros pies y reemprender así con ilusión renovada nuestras tareas apostólicas y evangelizadoras. Comenzamos un nuevo año pastoral que el Señor nos ofrece como don para continuar escribiendo con nosotros una historia de amor y de salvación. Nos ponemos en camino con gozo y esperanza, con nuestra confianza puesta en el Señor, que es quien, por medio de su Espíritu, “obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito” (Flp 2,13).
Comenzaremos este nuevo año de gracia con la solemne Beatificación de la Sierva de Dios, Madre María de la Purísima, que tendrá lugar el próximo 18 de septiembre, y que va constituir para todos un elocuente recordatorio de que nuestro principalísimo quehacer en el nuevo curso es aspirar con todas nuestras fuerzas a la santidad. Después, también en el mes de septiembre, tendrán lugar las elecciones al Consejo del Presbiterio, órgano que ayuda al Arzobispo en el gobierno pastoral de nuestra Iglesia diocesana, y que se constituirá en los primeros días de octubre. En este curso iremos dando los pasos oportunos para la apertura del Seminario Menor en septiembre de 2011, en el que tantas esperazas tengo depositadas y para el que solicito humildemente la colaboración de todos, muy especialmente de los sacerdotes, padres, educadores, profesores de Religión y catequistas. Todos habremos de emplearnos a fondo también en la preparación de la participación de nuestros jóvenes en la Jornada Mundial de la Juventud, que tendrá lugar en Madrid en el mes de agosto, de la que tantos bienes sobrenaturales y apostólicos cabe esperar.
Pero, sobre todo, en la pastoral ordinaria, deberemos seguir esforzándonos en la aplicación del Plan Pastoral Diocesano, sobre el que ya hemos venido trabajando en el curso pasado, todo él centrado en “la Parroquia, casa de la familia cristiana”, la concreción más pequeña de la Iglesia, es decir la Iglesia de Dios junto a las casas de sus hijos para brindarles los dones de la salvación. En los últimos meses las Delegaciones Diocesanas y algunos arciprestazgos han ido proponiendo lo que podrían ser las prioridades pastorales para el nuevo curso. Son tres y las hago mías con entusiasmo.
1. La primera prioridad tiene como título “La parroquia, casa de los jóvenes”, y su meta es la potenciación de la pastoral juvenil en cada una de nuestras parroquias, coincidiendo con la Jornada Mundial de la Juventud ya mencionada. El objetivo último debería ser que en todas y cada una de las parroquias de nuestra Archidiócesis, eficazmente coordinadas por la Delegación Diocesana, se articule una pastoral juvenil seria, consistente, que busque la formación de nuestros jóvenes y su encuentro con Jesucristo y con la Iglesia. Sobre todo ello escribiré con algún detenimiento en la hoja diocesana en una próxima carta semanal.
2. La segunda prioridad lleva como titulo “La parroquia, ámbito privilegiado para la formación de adultos”. Todos hemos de ser conscientes de que hoy más que nunca necesitamos laicos bien formados, que puedan dar razón de su fe y de su esperanza. En ese sentido, hay que seguir apoyando a las Delegaciones de Apostolado Seglar y de Hermandades y Cofradías, que están haciendo un esfuerzo notable por implantar el Itinerario de formación cristiana para adultos de la Conferencia Episcopal Española, un instrumento muy válido para potenciar la formación doctrinal de nuestros laicos.
3. La tercera prioridad se titula “La parroquia hogar de caridad y fraternidad”. El curso pastoral que ahora iniciamos va a seguir estando marcado, por desgracia, por la crisis económica. Por ello, me detengo con alguna extensión en este punto. Los técnicos y voluntarios de Caritas Diocesana y de las Caritas parroquiales, los sacerdotes, los religiosos que mantienen infinidad de obras sociales y caritativas, y los responsables de las Hermandades y Cofradías habéis conocido el dolor, la desesperanza y los sufrimientos de los pobres, los parados, los inmigrantes, los sin techo, y de cientos de familias que sufren las consecuencias de lo algunos han dado en llamar una verdadera emergencia social. Más de uno me habéis confesado vuestros sentimientos de frustración e impotencia al no poder dar respuesta a tantas situaciones de dolor por la limitación de los recursos. La crisis está provocando el deterioro del tejido industrial, de la agricultura y del comercio en toda España y, también en nuestra provincia. Son muchos los que han visto empeorar sus condiciones laborales, los que han perdido el empleo e, incluso su casa, al no poder satisfacer los plazos de la hipoteca. Son muchos los trabajadores autónomos y empresarios que encuentran serias dificultades para sacar adelante sus negocios familiares o sus pequeñas o medianas empresas.
La crisis económica está provocando una gran crisis social. Cada vez es más sombrío el futuro de los inmigrantes, de los jóvenes y de miles de matrimonios y familias. La crisis, de alcance mundial, ha sacudido los pilares de un sistema económico y financiero que parecía inconmovible y que ofrecía aparentemente todo lo que el hombre del primer mundo necesitaba para alcanzar su felicidad. Se han hecho muchas valoraciones de lo sucedido, algunas más superficiales, otras más profundas. Mientras que algunos consideran que todo se solucionará con medidas técnicas capaces de alumbrar un nuevo orden financiero internacional, la Iglesia ha llamado la atención sobre las raíces éticas de la crisis, que están reclamando la floración de una nueva cultura de la solidaridad y de la participación responsable en la construcción del futuro de nuestro planeta.
Se ha dicho que existe una responsabilidad moral de los políticos, gobernantes y profesionales de las finanzas. En realidad, la crisis nos interpela a todos. Todos hemos de preguntarnos en qué medida somos responsables de lo sucedido por haber convertido el consumismo frenético y el bienestar individualista en el valor supremo, en un ídolo en definitiva, viviendo muchas veces por encima de nuestras posibilidades. Urge, pues, recuperar un estilo de vida personal más austero y solidario. Urge además impulsar un nuevo orden económico mundial al servicio de cada hombre o mujer y de todos los hombres y mujeres, respetuoso al mismo tiempo con la creación, don de Dios. Urge que las comunidades cristianas conozcan en profundidad la Doctrina Social de la Iglesia y que en las sesiones de formación de nuestros grupos y movimientos apostólicos se estudie con seriedad la encíclica Caritas in veritate del Santo Padre Benedicto XVI. Este precioso documento pontificio nos servirá de aliento para trabajar conjuntamente y salir al paso de las necesidades de tantos hermanos nuestros que están sufriendo en primera persona las consecuencias de la crisis. En este sentido, invito a todas las comunidades cristianas de la Archidiócesis, a Caritas Diocesana y a las Caritas parroquiales, a hacer todos los esfuerzos que estén a nuestro alcance para que ningún necesitado que acude a nosotros se sienta defraudado y para que nuestras parroquias sean verdaderos hogares de caridad.
4. A estas tres prioridades, me parece necesario añadir una cuarta, que podría llevar como titulo: La parroquia, mesa en la que compartimos el pan de la Palabra y el Pan de la Eucaristía. En el texto del Plan Pastoral Diocesano se cita expresamente un fragmento del discurso de Benedicto XVI a la Asamblea del Consilium de laicis de octubre de 2006, en el que el Papa afirma que “la parroquia… crece en el entendimiento y en la cohesión fraterna si ora incesantemente, si permanece a la escucha de la palabra de Dios y, sobre todo, si participa con fe en la celebración de la Eucaristía, presidida por el sacerdote. En este sentido, escribía el amado Juan Pablo II en su última encíclica Ecclesia de Eucaristía: La parroquia es una comunidad de bautizados que expresan y confirman su identidad principalmente por la celebración del sacrificio eucarístico”. Así es realidad. Sin la fuerza vivificadora que nos brinda la Eucaristía, ni la pastoral juvenil, ni los proyectos de formación de adultos, ni nuestra cercanía eficaz a los más pobres podrán subsistir por mucho tiempo. Por ello, propongo trabajar también este aspecto decisivo en la vida de nuestras comunidades.
La vida de la Iglesia y de sus miembros va creciendo gracias al alimento que, como sarmientos, recibimos de la vid que es Cristo (Jn 15,1-10). La experiencia y el hecho cristiano parten de la experiencia del conocimiento del amor de Dios que se ha manifestado en Cristo Jesús: «como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor» (Jn 15,9). Pero para tener un encuentro personal que llene nuestro corazón plenamente y lo transforme según el modelo de Cristo, es necesario encontrarnos con Él y con su amor allí donde Él ha querido quedarse. No es posible ser cristiano sin Cristo; no se puede ser auténticamente discípulo de Cristo, y dar los frutos que cabe esperar de un discípulo, sin vincularnos personalmente con el Señor resucitado, a través del sacramento que Él mismo ha instituido para estar con nosotros hasta el final de los tiempos. A la celebración eucarística llevamos nuestras vidas y de ella salimos para cumplir cristianamente nuestras tareas, anhelos y proyectos, para compartir y testimoniar nuestra fe y para dar a conocer a todos el amor del Señor, especialmente a través de nuestro amor y caridad con los más pobres y necesitados. Todos estamos convocados a vivir de la manera más consciente y plena el encuentro con Cristo en la Eucaristía, cumpliendo su más ardiente deseo: “permaneced en mi amor” (Jn 15, 9).
En la carta apostólica Mane nobiscum Domine, nos invitaba el Papa Juan Pablo II a fortalecer nuestra fe y nuestro amor al sacramento que es el centro de la vida eclesial, y a vivir, en suma, una espiritualidad profundamente eucarística, tomando “conciencia renovada del tesoro incomparable que Cristo ha encomendado a su Iglesia" (n. 29). El Papa nos pedía conocer, amar y contemplar el rostro eucarístico del Señor, impregnándonos de sus actitudes eucarísticas, del modo de ser de Cristo en la Eucaristía y que pasa de Él a nosotros cuando celebramos y adoramos el misterio de nuestra fe (Ib. 25). El propio Juan Pablo II, en su encíclica Ecclesia de Eucaristía nos decía que "todo compromiso de santidad, toda acción orientada a realizar la misión de la Iglesia, toda puesta en práctica de planes pastorales, ha de sacar del misterio eucarístico la fuerza necesaria y se ha de ordenar a él como a su culmen" (EdeE 60).
En la celebración de la Santa Misa se perpetúa y actualiza de modo incruento el único sacrificio de la cruz. En ella se renueva la ofrenda sacrificial de Cristo al Padre en favor de toda la humanidad (EdeE 12), que nos impulsa a ofrecernos a Él como victima viva de alabanza y propiciación por los pecados del mundo. En ella recibimos el sustento que hoy necesitamos más que nunca, en estos tiempos recios que nos ha tocado vivir. En ella Jesús sigue siendo el Pan vivo bajado del cielo que alimenta nuestros corazones mientras peregrinamos hacia la casa del Padre. Vivamos cada día con emoción renovada la Santa Misa. Intensifiquemos la preparación cálida para recibir al Señor en nuestros corazones y hagamos cuanto esté a nuestro alcance para recuperar la acción de gracias, esos momentos de diálogo íntimo y también de crecimiento interior, en los que el Señor graba en nuestro corazón sus propios sentimientos y nos alienta en el camino de la santidad.
Como os pedía en una de mis cartas semanales del pasado mes de julio, es necesario seguir insistiendo en la recuperación del sentido cristiano del domingo, el día primordial de los cristianos, el día del Señor resucitado y del don de su Espíritu, y el señor de los días. El domingo es la pascua de la semana, el día en que todos estamos invitados a vivir la alegría de la salvación, a incrementar nuestra formación cristiana, a vivir con gozo la vida familiar, más difícil hoy en el curso de la semana, a hacer obras de caridad con los pobres y los enfermos y a gozar de la naturaleza, don de Dios.
Es urgente seguir insistiendo, sobre todo, en la importancia de la Eucaristía dominical, subrayando su dimensión evangelizadora, como es también necesario que los sacerdotes cuidemos la dignidad de la celebración, de acuerdo con las normas de la Iglesia, pues no somos los dueños ni de la Eucaristía ni de nuestras comunidades. Es urgente también potenciar en nuestras parroquias la adoración y el culto eucarístico fuera de la Misa, verdadero manantial de santidad. Dios quiera que nuestras comunidades cristianas rivalicen en iniciativas que propicien la adoración eucarística, brindando a los fieles la posibilidad de contemplar al Señor, acompañarlo, expiar y reparar, pues de ello se derivarán muchos bienes sobrenaturales para nuestra Archidiócesis y para nuestras parroquias. Hagamos también todo lo posible por recuperar las actitudes físicas convenientes en la celebración, entre ellas la genuflexión, gesto lleno de amor, de sumisión y adoración al Señor presente en los sagrarios de nuestras iglesias.
La Eucaristía es la fuente de la comunión eclesial. Participar en ella exige vivir la comunión y la fraternidad. Participar en el banquete del Señor ha de convertirnos en artífices y promotores de comunión fraterna en un mundo herido por tantas formas de división y de discordia. La participación en la Eucaristía entraña efectivamente una exigencia firmísima de unidad para nuestras comunidades. En ella aprendemos a ser pan partido y sangre derramada en el servicio a nuestros hermanos y comprendemos cuál debe ser la medida y la intensidad de nuestra entrega. Ella es escuela de diálogo y colaboración, de fraternidad sincera, de perdón, de amor gratuito y de servicio a los últimos, los hermanos más pobres, los transeúntes, los ancianos, enfermos e inmigrantes. Con el Papa Juan Pablo II os recuerdo que este es el criterio básico de la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas (EdeE 28), que de lo contrario pueden convertirse en un puro teatro.
Hasta aquí las cuatro prioridades que deberán reclamar la atención de los sacerdotes y religiosos que trabajan en nuestra Archidiócesis y de los laicos, cualesquiera que sean los grupos o movimientos a los que pertenecen. La comunión en el plano doctrinal y disciplinar, y que se manifiesta también en el mutuo aprecio y afecto fraterno, necesita ser completada por la comunión en el plano pastoral, que es siempre manantial de eficacia en la evangelización y en el apostolado. La comunión nunca es un valor tangencial en la vida de la Iglesia. Pertenece a su misma entraña, puesto que la Iglesia, como nos dijeran San Cipriano y San Agustín y recoge el Concilio Vaticano II, “es una muchedumbre de pueblos reunidos por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 4). Esto quiere decir que la Iglesia sólo se realiza como Iglesia imitando la unidad de la que procede, mientras que se niega a sí misma y se trunca su edificación y crecimiento cuando surgen las fragmentaciones y las quiebras de la unidad.
Las citadas prioridades han de ser completadas con las correspondientes acciones por las Delegaciones Diocesanas más concernidas, en concreto Pastoral juvenil, Apostolado Seglar, Hermandades y Cofradías, Pastoral Obrera, Orientación Social, Caritas Diocesana y Liturgia, de modo que puedan ser aprobadas en uno de los primeros Consejos Episcopales del mes de septiembre, para ser trabajadas ulteriormente en los Encuentros de Vicaría de comienzo de curso y en las reuniones arciprestales.
Bajo la protección maternal de la Santísima Virgen, tan querida y venerada en innumerables santuarios y ermitas de toda la geografía diocesana, ponemos el curso pastoral que estamos iniciando. A Ella nos acogemos para que nos ayude a seguir con gozo y esperanza las huellas del Maestro. Él, que a través de su Espíritu, fecunda con la lluvia de su gracia nuestros mejores propósitos y proyectos, nos invita una vez más a echar las redes confiando en su Palabra y a remar con Él mar a dentro.
Deseándoos un curso pastoral lleno de frutos sobrenaturales y apostólicos, contad todos con mi saludo fraterno y mi bendición.
Sevilla, 1 de septiembre de 2010
+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla
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